
Charles Spencer Chaplin Jr., nació el 16 de abril de 1889 en Londres.
Sus padres eran artistas de variedades en el music-hall pero el alcoholismo de su padre Charles le alejó de su trabajo y sobre todo de su familia, por lo que vivía en la pobreza. Murió cuando Chaplin tenía 12 años.
Su madre Hannah, su nombre real era Lily Harvey, justo en el mejor momento de su carrera, en medio de una representación se quedó sin voz definitivamente. Fue su hijo Charles, que en aquel momento tan sólo tenía 5 años, el que salio a sustituirla imitando magníficamente su voz, pero no solo eso, incluso legó a imitar el último soplo de vida de la voz de Hannah. Este fue el final de su carrera artística, lo que terminó por llevarle a la locura.
Dado que la madre padecía esquizofrenia y el padre había fallecido, él y su hermano Sydney fueron dando tumbos por los orfanatos.
Su hermano Sydney había logrado popularidad con el grupo cómico Fred Karno, y convenció a Charles para que les acompañara en una gira.
Con el gran éxito que cosecharon, Chaplin se fue rumbo a California probar suerte con el cine. En su primer film titulado Charlot periodista, aun no vestía la indumentaria que tanto le caracterizaría. El vagabundo bonachón con zapatos grandes y chaqueta pequeña que siempre iba acompañado de su inseparable bastón y que atendía al nombre de Charlot, durante mas de 10 años esa sería su imagen.
Cansado ya de sólo protagonizar sus películas, comenzó a dirigirlas y así se podía permitir films con gran crítica social como El chico (1921) donde se ve reflejada su infancia y que encumbró a Charlot.
Con la llegada del cine sonoro, Chaplin se negó a que Charlot hablara, aunque en los films el resto de los personajes si lo hicieran. Él decía que si Charlot hablara perdería todo su encanto.
En 1931 rueda Luces de la ciudad donde Charlot trata de conseguir dinero para una chica ciega de la que se enamora.
Con Tiempos modernos (1936) Chaplin volvió a encumbrar a su personaje, (y no es para menos) que se ve sometido a la industrialización e incapaz de poder adaptarse a esta. Una de mis escenas favoritas es cuando sin darse cuenta se ve dirigiendo una manifestación por la que es llevado a la cárcel.
En 1940 dirige El gran dictador (su primera película hablada) haciendo una sátira de Hitler, incluso el propio dictador pidió que se le proyectara la película, no se sabe cual fue su reacción. La película estaba censurada en España, en Alemania y en Italia.
En este film Chaplin interpreta dos papeles, el de un barbero judío, y el del dictador.
El humor lo llevaba tanto al público como en su vida personal, hasta llegó a participar en un concurso de imitadores de Charles Chaplin, aunque no lo ganó.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Comité de Actividades Antiamericanas puso la vista sobre Charles acusándole de comunista y presionándole para que se fuera del país ya que según decían, su vida en Hollywood contribuía a destruir la fibra moral de América. Por si esto no fuera poco, la asociación Veteranos de Guerra Católicos le acusaban de escribirle una carta a Pablo Picasso “un peligroso comunista”.
Cuando Chaplin asistía al estreno de Candilejas en Europa junto a su familia le retuvieron, mientras decidía si debía de ser expulsado debido a “su falta de moralidad al país que le ha hecho enriquecerse”.
Finalmente se quedó en Suiza donde parodio la caza de brujas que había sufrido en Estado Unidos en Un rey en Nueva York (1957).
En 1972 se le concede el Oscar Honorífico por su insuperable carrera, algunos lo interpretaron como un intento de enmendar lo sucedido, sea cierto o no, el Oscar fue bien merecido. Incluso la Corte Real británica le concedió el honor de ser Sir Charles Chaplin.
El 25 de diciembre de 1977 falleció en su lujosa mansión en Suiza. Su hija la también actriz Geraldine declararía que a su padre nunca le gustó la Navidad, y que coincidiendo su muerte con ese día les recordaría para siempre la fecha de su fallecimiento.

Sinopsis:
Un soldado judío del ejército de Tomania sufre un accidente al salvar la vida del oficial Schultz durante la Primer Guerra Mundial. A causa de este accidente pierde la memoria y se recluye en un hospital durante 20 años.
Cansado de esa situación, se escapa y regresa a su barrio donde abre su antigua barbería. Lo que no sabe es que el país ahora está gobernado por el dictador Astolfo Hynkel y que los judíos son discriminados.
Durante esos años en los que el barbero se recuperaba, Schultz se convierte en un oficial del régimen, que tras reconocer al barbero pide que le dejen tranquilo. Pero tras la negativa sobre la invasión de Osterlich que el dictador planea, es condenado a ser enviado a un campo de concentración. Tras esto Schluz se esconde en casa de su amigo el barbero, aunque finalmente los dos son detenidos.
Durante unas vacaciones del dictador en Osterlich, el barbero y Schultz se escapan del campo de concentración. Estando en busca y captura, y debido al gran parecido que el barbero tiene con Astolfo, le confunden con este y cambian papeles, el barbero es ahora el líder de Tomania y se ve implicado en las decisiones políticas.
FICHA TÉCNICA:
Dirección: Charles Chaplin
Guión: Charles Chaplin
Música: Charles Chaplin
Intérpretes: Charles Chaplin, Paulette Goddard, Jack Oakie, Reginald Gardiner, Henry Daniell, Carter De Haven, Grace Hayle, Maurice Moscovitch, Billy Gilbert
::Andrea Cabrero::
::Mentes Inquietas::

“El gran dictador” es una película que vi hace casi treinta años en un teatro de Mexicali (del Imss) que funcionaba esporádicamente de Cine Club.
Aunque Chaplin era familiar en películas mudas como algunos de sus contemporáneos, Harold Lloyd, Harry Langdon o Buster Keaton (en Los soñadores de Bertolucci, los protagonistas comparan a Chaplin y Keaton como quien pone en la balanza cotejadora de “quién es mejor”, si Los Beatles o Los Rolling Stones). Claro me sorprende la fuerza quinética de Keaton en por ejemplo, El maquinista de la general, pero admiro la sensiblidad humana, romantica, sentimental de Chaplin en especial en “Luces de la ciudad”: La verdad que una incomparable comedia satírica que ataca al fascismo o nazismo como “El gran dictador” no tiene comparación (acaso “Ser o no ser” de Ernest Lubitch), tanto por su valor histórico, artístico, como cinematográfico.
Es cierto que a Chaplin no le gustaba la sola idea de que su personaje hablara, Charlot, y en este caso, la parodia de Hitler, Anstolfo (¿así se llama?) Hynkel, ya que la esencia de su arte cinético se basaba en la expresión mímica, los gestos y el lenguaje elocuente de la imagen fílmica por encima de la palabra (no por nada, en su breve discurso de aceptación del Oscar honorífico en 1973, recordaría que las palabras son tan “futiles, tan frívolas…”).
Y es verdad, aunque el cine no es teatro -y menos literatura-, la escena más memorable recae no tanto en el discurso final del fígaro judío (Chaplin, antes que Peter Sellers o Alec Guinness personificaran dos o mas roles versátiles), sino en la incomparable secuencia en que Hynkel juega con el mundo, al que eleva sobre su escritorio como una pelota playera con sus nalgas: Una imagen que dice tantas cosas sobre la ambición desmedida de los poderosos en turno respecto al mundo, nación o territorio glabalizado que creen dominar o adueñarse mientras gobiernan con mano dura, sean Hitler, Stalin, Franco, Pinochet, Díaz Ordaz o George “War” Bush jr (¿qué anda haciendo Oliver Stone dedicándole una cinta a “W”?).
Ojalá hubiera cines exclusivos en rescatar y volver a proyectar estas obras clásicas imprescindibles, como si fuera la primera vez que las vemos…